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  • Armando “Basko” Inchaurraga

TIEMPO DE PERDICES - Cuento de Armando “Basko” Inchaurraga


En esta vida es fácil morir. Construir la vida es mucho más difícil”

Maiakovsky.

Mi generación aprendió que uno puede tener razón y ser derrotado,

que la fuerza puede destruir el alma y que a veces el coraje

no obtiene recompensa”.

Albert Camus



Nadie contesta en éste invierno del 42.

Dos veces pregunté por qué arreglaban el último gallinero, buscando cada agujerito. Le pusieron techo de alambre fino pareciéndose más a un jaulón de pajaritos, que a su destino original. Al otro enorme, no lo tocaron, con pavos renegridos gritones, cerdas brillantes saliendo de las pechugas infladas, marcadores de suelo con la punta de sus alas y el hambre feroz que siempre tenían.

_A estos hay que mandarlos cuanto antes a Buenos Aires, no tienen pasto y nos están comiendo vivos- decía papá.

Mayo iniciaba la escalada del frío.

Mes de las aradas, de dar vuelta la tierra dibujada en surcos. Ronroneo de tractores viejos o grandes caballerías. Revolotear de pájaros buscando isocas. Escharcha, sabañones y encierros al lado de la cocina económica. El humo en todas las ropas. Con pocos años me di cuenta que el invierno marcaba diferencias, los pobres eran más pobres. Nunca me gustó por eso; aparte me dolían las orejas por los sabañones; los verdes eran devorados por los grises implacables y las noches interminables.

Tenía seis años y comía un chupetín, mirada sin ver, desde el salón del almacén. La calle arenosa del pueblo, el viento, los carruajes con caballos petisos, y pocos autos. Había aprendido la tabla del dos y cada tanto volvía y volvía. En ese momento abrieron la puerta grande y entraron riéndose, se empujaban. Rubios, manos grandes y coloradas, los dos con esas extrañas bolsas enormes sobre sus espaldas. Con cuidado las depositaron en el suelo. Cada bolsa, eran cuatro de yute abiertas, recosidas a lo largo. Y se movían, como si latieran.

_Si las dos bandas en la misma noche…por suerte habíamos llevado la red y en cuanto las encandilé se echaron, pocas se escaparon…

_Don Armando, hágase cargo y salude a mi maestra de 6° de mi parte…-Papá con movimientos rápidos tomó dos cajas de cigarrillos (Particulares negros, Commander rubios), una petaca de ginebra, dos rollitos de dinero, se los alcanzó y:

_Gracias muchachos y a cuidarse de las heladas-.

Sobre el piso quedaron las dos bolsas desparramadas y susurrantes como brisa de primavera en monte de caldén. Alberto Ponce se alzó con la primera y yo a caminar detrás. Salimos del salón de ventas del negocio, entramos por la larga galería de las habitaciones, recorrimos el reseco parral, los galpones de ambos lados y ya casi en la otra cuadra, llegamos. Con movimiento rápido desató los nudos; flameó suavemente la boca enorme de la primera bolsa y apareció la primera. Ojos de azabache y pasos cortitos temerosos, vestida de dorado por el golpe del sol poniente, ensayó un vuelo corto y se estrelló contra el alambrado de enfrente, y cayó. Otras salieron y salieron, desde las entrañas de yute con el mismo ensayo de huida. Luego, al verse, se aquietaron. Las más corrieron a una palangana con agua clara, saciándose. Entre el tumulto aparecieron tres martinetas coloradas, casi gigantes.

_Esas llegaron, porque los rusos no la vieron –dijo Alberto, semblanteándome, por mi sorpresa ante tanta vida salvaje junta.

Los plumajes grises fueron devorados por el sol atardecido. Ataviadas de rojos dorados con movimientos de cabezas, todas avanzaban o retrocedían a igual ritmo. Se seguían asustadas, al borde del pánico. El chupetín cayó a la arena y no me importó, sabía que lo iba a perder en cualquier momento por el puro asombro, nomás. Nunca había visto pájaros más bellos, ni tantos.

La tarde fría y los frecuentes llamados, me devolvieron al abrigo de la cocina. Otra vez la tabla, dos por siete… (no-me-acuerdo); mañana verlas a primera hora, darles agua y granos; los chicos..., sí, los amigos… mostrarlas…locos se van a quedar…

El ritual del encuentro diario se iniciaba…lanzarse de la cama a medio vestir…pasar por el galpón y llenar de granos una lata vacía de duraznos, lanzar los granos al aire, llamarlas con silbidos, y verlas comer…la despedida del atardecer, lo mismo.

Días pasaron y el darse cuenta que las perdices ya no me tenían miedo, empecé a hablarles mientras esperaban su comida. Comenzaban a ser mías, totalmente mías.

Junio finalizaba entre catedrales de hielo. Estalactitas colgantes de la parra del molino, eran el resultado del agua goteando del tanque y los 12 grados bajo cero. El sol de la mañana bruñía el hielo en mil colores.

Como siempre salí, llevándome el mundo por delante con la lata de duraznos, llegando a destino:

_Nene, ¡nenito! …¡andate!... –la voz dulce de doña Alejandra, la planchadora, ya de pie, mientras en remolineo quebraba el cogote de la perdiz temblorosa con último aletazo, al írsele la vida. Más de veinte yacían inmóviles y al costado una enorme olla de agua hirviendo, humeante.

El alarido silenció la mañana del horror, sólo el susurro del viento.

Las pequeñas manos taparon los ojos y un llanto convulso rodó por el suelo.

Las mujeres en tropel, con los brazos extendidos de siempre, anticiparon lejanos regazos, ya casi olvidados.

La casa impregnada fuertemente a vinagres especiados. La tristeza olía a laurel, pimienta y clavo de olor.

En la noche, la voz de papá:

_Las perdices tuyas están, nadie las tocó…son las cinco más hermosas,

¡ah! …también las tres martinetas coloradas-.

******************

Avenida Mitre al 400 de Avellaneda. Atardecía entre bocinazos, por el tránsito atascado. El sol alto iluminaba la vuelta a Capital de miles, que repetían el camino. Pensé alegre, qué ya se terminaba el día de trabajo.

Una señora amable me entregó el pequeño paquete, guardado sin mirar con movimiento rápido, en el bolsillo de la chaquetilla blanca. Días antes, una llamada telefónica indicaba el destino. La señora me pidió “Migral”, analgésico que le hacía bien. Le expliqué que era bueno cambiar de pastillas a supositorios, previniendo algún problema hepático. Nos despedimos con sonrisas y nunca más la vi.

Hice una llamada en aviso por el cambio de ruta, y colgué la chaquetilla. Saludé con un -¡Hasta mañana!- y tomé el micro contrario a Buenos Aires, yendo a La Plata. Amada y sentida ciudad, caminada por años de militancias claroscuras, para encontrarnos con el conocimiento, los afectos y nosotros mismos. Ciudad universo, de libros y pasiones trasnochadas, de escritos en blancos paredones y gargantas al rojo vivo, en tumultuosas asambleas.

Otros eran los tiempos en éste temeroso presente. La muerte enseñoreada, paseaba hasta la obscenidad, matando la esperanza. Los dictadores administraban la muerte, el Poder detrás.

En la media tarde bajé del micro y empecé a caminar.

El reencuentro. Rincones, lugares próximos, los bellos palacios, olores, el sabor a vida transcurrida. Recuerdos de amigos y compañeros de estudio, no vistos hacía tiempo. Exilios sabidos y otros, con el dolor del presentimiento que ya no estaban.

Me acerqué a una cuadra.

Noté que la gente detenía su marcha, miraban con detención. Un chico en bicicleta pedaleaba lentamente, haciendo equilibrio, en giro su cabeza rubia. Los autos desaceleraban.

Apuré el paso, viendo una parte del techo que caía sobre el frente. Enormes boquetes ennegrecidos por la metralla. No había quedado cimiento. El interior en ruinas, restos de muebles, vajilla destrozada. Olía a quemado. Las piernas pesaban, el corazón sellado a puro espanto. Crucé enfrente hasta la cancel, vidrio entreabierto, voz de mujer:

_Serían las 4, una tanqueta y autos armados, un infierno…, fue una cacería y tan jóvenes…Se llevaron los cuerpos. A cada momento pasan autos de la federal, o del ejército… ¡Váyanse!-.

Con paso rápido, me alejé… aturdido.

El sol en su cansancio alargaba las sombras.

Los tilos, en esa calle también había tilos…el alemán que los plantó, dijo que los tilos cuidaban a los estudiantes, que así era en Berlín… la imagen se quebró, pues la primer lágrima rápida, corrió por la mejilla.

Apuré el paso con la mirada fija adelante.



De la hondura, llegó la voz de la planchadora en ramalazo y revivió la muerte de las aves doradas del 42, en Winifreda.

Celajes rojizos, ojos velados, acaricié el pequeño paquete, sin destino. Sólo el fuego.

Escuché los trinos de un zorzal despidiendo el día.

El viento atardecido, trajo apagadas voces:

_Cuando lleguen con su odio,

daré mi sangre detenida por la historia,

hundida en el tiempo,

con la luz del nomeolvides…

07/10/08.

Inchaurraga Armando (Basko). Páginas 15, 16 y 17. Tiempo de Perdices. Tierra Atardecida, Editorial Dunken. 2014.


 


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